Mis pensamientos sobre “Juan”

Hola todos!  Lo siguiente es una predicacion que he dado hace una semana en la Primera Iglesia Presbiteriana de Silver City, Nuevo Mexico.  Ahi invitaron a Jake, Melissa, y a mi a hablar de nuestra experiencia como Joven Adulto Voluntario….


 

Siempre que Jake, Melissa y yo conozcamos nuevas personas en diferentes iglesias, o en eventos relacionados con el programa JAV, normalmente quieren saber más sobre nosotros.  Así que les explico un poquito sobre mí mismo y cómo he llegado aquí, en Agua Prieta.  Soy de Grosse Pointe Woods, Michigan, que es un barrio en las afueras de Detroit, y allá siguen viviendo mis padres.  Me crecí católico, y asistí a una preparatoria jesuita bien conocida dentro de la ciudad de Detroit.  Después, asistí a Kalamazoo College, donde estudié los idiomas extranjeros con mucha pasión.  (Y además, ¡sí que hay un Kalamazoo!  A veces, la gente no se da cuenta de que existe un lugar con tal nombre…)  Ya que había estado en Honduras para un viaje de 8 días, durante el verano entre mi tercer y cuarto año de la preparatoria, yo sabía que quería pasar más tiempo en un país hispanohablante después de graduarme de la universidad, trabajando para la justicia social.  Después de graduarme de Kalamazoo College, me quedé en casa unos años, hasta que una amiga mía me dijo sobre el programa de los Jóvenes Adultos Voluntarios.

Solicité el programa, y me emocionaba de la expectativa de tener otra experiencia de servicio intercultural- esta vez, durante un año entero.  Pero nunca se me ocurrió que esta experiencia iba a ser tan diferente de la que tuve en 2006 en Honduras.  Nunca tomé en cuenta que todo el tiempo que pasé en Honduras con mis amigos, compañeros de clase y profesores que ya conocía era dentro de la llamada “fase luna de miel” de vivir en otra cultura (es decir, los principios del tiempo que se pasa en otro país, cuando todo parece lindo y perfecto.)  Porque fue tan corto, y porque se habían planeado con cuidado todos los detalles de nuestro tiempo allá, ¡fue como una vacación para nosotros!  En retrospectiva, creo que era simplemente demasiado joven para apreciar lo difícil que la vida puede ser para los que experimentan la pobreza en el Tercer Mundo.  Pero, durante el año pasado, esta experiencia aquí ha sido completamente diferente para mí; me ha situado “frente a frente” con personas que están muy lejos de sus hogares, huyéndose de la violencia o de unas circunstancias económicas desesperadas.

Sirviendo aquí por la zona fronteriza, hemos oído decir muchas veces que el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte) inundó a los mercados mexicanos de maíz barato que provenía de los Estados Unidos; así, y de otras maneras parecidas, el TLCAN socavó la capacidad de las familias agricultoras mexicanas de sostenerse económicamente.  Hemos oído decir que algunos que eligen dejar para atrás sus hogares en Chiapas, Guerrero, o Nayarit lo hacen para viajar al norte, a intentar buscar trabajo en los Estados Unidos.  Sabemos que algunos se están huyendo de la violencia en El Salvador, Guatemala, o Honduras.  Aquí en el Centro de Recursos para Migrantes, encuentro a muchas de estas mismas personas cada día.  A veces, se les han desarrollado moratones en los pies por andar tanto tiempo en el desierto.  A veces, se les han roto el brazo o torcido el tobillo por intentar escalar el muro entre Agua Prieta y Douglas.  A veces, han sido deportados.  A veces, simplemente llegan a la frontera y deciden quedarse aquí, por darse cuenta de que la seguridad fronteriza es más ajustada que pensaban, por darse cuenta de lo peligroso del desierto, etc.  Y estas personas son las pocas que encuentro yo; el flujo de migrantes aquí en Agua Prieta es relativamente bajo ahora, pero hay muchas, muchas más personas en Nogales, por ejemplo…

A mí me pareció buena idea contarles sobre una persona en particular que he llegado a conocer en el CRM. Él llegó a Agua Prieta y vino al Centro buscando asistencia en octubre, cuando nosotros JAVs acabábamos de llegar aquí. Desde entonces, se ha convertido en miembro de la comunidad. Antes de salir para una convención en Ciudad Juárez a principios de mayo, Betto lo encargó del albergue para hombres, porque sabemos todos que es responsable y confiable. Pero desafortunadamente, pasó por algunos momentos difíciles antes de llegar hasta nosotros en Agua Prieta; también experimentó unas instancias de violencia a manos de gente de mala compañía. El otro día descubrí que, debido a estas instancias, ni siquiera quiere decir su apellido a la gente, ni dar su nombre completo. Así que en este relato, por consideración, lo llamo Juan.

Yo había pedido a Juan que compartiera algunos detalles de su historia conmigo.  Y cuando nos sentamos juntos para platicar el otro día, miró por la ventana de la oficina, vio un vehículo de la Patrulla Fronteriza al otro lado de la valla, y me dijo, con tristeza, “Algún día me gustaría regresar ahí, pero… legalmente… no sé.”  A mí me parece una instancia donde lo que no se dice expresa muchísimo.

Juan no sabe ni donde nació, ni cuando exactamente.  Y aunque no quiso hablar de su vida temprana, recuerdo que- cuando llegó en octubre- me dijo que se había llevado a los Estados Unidos cuando era demasiado joven para acordárselo.  Vivió en San Diego y varias otras partes de California toda su vida, hasta ser deportado recientemente.  Pero cuando le pregunté cómo ha sido su experiencia en Agua Prieta, con toda la gente que ha conocido en el CRM y en CAME, dijo, “Me ha dado nueva vida… pues estoy aquí por el milagro de Dios.  Ustedes siempre me han tratado bien, y eso me da fuerza y orgullo, y me siento bien.”  Cuando estaba recién llegado al área aquí, Juan hizo trabajo de construcción un rato.  Después, hizo cajas de cartón en una fábrica de LEVOLOR, que es una compañía americana que manufactura persianas y sombrajos.  Ninguno de los trabajos le pagaba mucho, y durante un período de varias semanas antes de la navidad, algunos alojados del albergue (incluyendo Juan) no había recibido ningún pago de LEVOLOR.  Al parecer, el jefe simplemente no quería pagarles, y al parecer, se salía con la suya hasta que algunos voluntarios mexicanos nuestros del Centro se involucraron para abogar por Juan y los demás migrantes.  Cuando, por fin, llegó el día de pago, Juan estaba de tan buen humor que invitó a Betto y a mí al Oxxo cercano, ofreciendo sus propias ganancias para comprarnos un refresco.  Actualmente tiene varios trabajos de jornada parcial como pintor, en varias primarias aquí en Agua Prieta y también en el albergue de CAME.  Además, va desarrollando sus capacidades de carpintería y asiste a otras personas a hacer lo mismo también.  Él es un ejemplo buenísimo de alguien quien ha aceptado el apoyo del CRM, y quien lo ha convertido en algo bueno para su propia vida.

Pero nosotros estamos aquí para recordar a todas las personas en México, Guatemala, Honduras, El Salvador, etc., que nunca consiguen una oportunidad así.  Y nadie debe ser forzado a tales circunstancias difíciles en primer lugar.

Advertisements

My thoughts on “Juan”

Hi everybody!  The following are some thoughts I shared at First Presbyterian Church in Silver City recently, where Melissa, Jake and I were invited to speak…..

Spanish version to follow.

————————————————————————-

Good morning, everyone.  Thank you for inviting us here to Faith this morning.  Whenever Jake, Melissa and myself meet new Presbyterian folks at different churches or YAV-related events, they usually want to know more about us, so let me tell you a little bit about myself and how I ended up in Agua Prieta, Mexico.  I’m from Grosse Pointe Woods, MI, a suburb of the Detroit area, and my parents still live there.  I was raised Catholic, and attended a well-known Jesuit high school within the city of Detroit.  Afterwards I went to Kalamazoo College, where I studied foreign languages with a passion.  (And yes, by the way, there really is a Kalamazoo!  People sometimes wonder.)  Because I had been to Honduras for a brief, 8-day mission trip while in high school, I knew I wanted to spend some time after college living in a Spanish-speaking country, working in some sort of social-justice related context.  After graduating from Kalamazoo, I stayed at home for a couple of years, and then eventually found out about the Young Adult Volunteer program from a friend of mine.

I applied, and was excited about the prospect of having another cross-cultural service experience, this time for a full year.  But I don’t think it ever occurred to me just how different this would be from my time in Honduras.  I never considered that my entire time spent in Honduras with friends, classmates and teachers I already knew fell within what some call the “honeymoon phase” of life in another culture.  Because it was so short, and because all the details of our time there were so carefully planned, it was like a vacation for us!  And looking back, I think I was simply too young to appreciate just how difficult life could be for those who experience poverty in the Third World.  But this experience has been altogether different for me; it’s put me face-to-face with people who are nowhere near home, fleeing either violence or desperate economic circumstances

Serving here in the borderlands, we hear frequently about how NAFTA flooded Mexican markets with cheap corn, and otherwise undermined subsistence farming families’ ability to sustain themselves.  We hear that some choose to live behind their homes in Chiapas, Guerrero, or Nayarit, to come north and try to find work in the United States.  We know that some are fleeing from violence in El Salvador, Guatemala, or Honduras.  In the Migrant Resource Center, I encounter some of these very people every day.  They may have bruises on their feet from walking in the desert.  They may have broken an arm or twisted an ankle trying to climb over the wall between Agua Prieta and Douglas.  They may have been deported.  Or maybe they’ve simply arrived at the border, seen how tight the security is, realized how treacherous the hot desert is, and decided to stay put.  And these are just the ones I see.  We have relatively low numbers of migrants in AP right now, but there are many, many more in Nogales.

I thought it’d be a good idea to tell you about one person in particular I’ve gotten to know at the MRC.  He arrived in Agua Prieta and first came to the Center seeking help back in October.  Since then, he’s become a member of the community.  Before leaving for a work-related trip to Ciudad Juárez this past week, my colleague Betto even left him in charge of the men’s shelter because we all know he’s reliable and trustworthy.  But unfortunately, he’s had some hard times before finding his way to us in Agua Prieta, and even some near-violent episodes with the wrong crowrd.  I discovered just the other day that, because of these events, he doesn’t even feel comfortable telling people his last name, or his full name.  So out of consideration, I’m just going to call him Juan.

I had asked Juan the other day if he would share some details of his story with me, and when we finally sat down to chat, he looked out the window of our office in the Center, noticed a Border Patrol vehicle rolling along on the other side of the fence, and said, with a note of longing, and perhaps resignation, “Algún día me gustaría regresar ahí, pero… legalmente… no sé…”  I think this instance is one where the unspoken speaks volumes.

Juan doesn’t know where he was born, or when exactly.  And though he declined to talk about his earlier life when we spoke on Friday, I remember him saying (back in October, when he first arrived) something about how he had been brought to the United States when he was still too young to remember.  He lived in San Diego and various other parts of California his entire life, before being deported recently.  But when I asked him what his experience in Agua Prieta has been like, with all the people he’s met at the MRC and the Catholic shelter CAME, he said, “Me ha dado nueva vida…” (translate) “pues, estoy aquí por el milagro de Dios.”  “You guys have always treated me well, and that gives me strength, and pride, and I feel good about myself.”  When he was still new to the area, Juan did some construction work for a brief time, before making cardboard boxes in a factory for the LEVOLOR Corporation, an American company that manufactures blinds and shades.  Neither job paid very well at all, and I remember a period of several weeks before Christmas where Juan and some others who were staying at the shelter hadn’t received any pay at all from the job at LEVOLOR- apparently, the boss simply didn’t want to pay them, and was able to get away with it, until some of our Mexican volunteers stepped in to advocate for Juan and other migrants.  When payday finally came, Juan was in such a good mood, he asked me and Betto to walk down the street to Oxxo with him, and offered his own earnings to buy us each an iced tea.  Currently, he has several different part-time jobs as a painter, at various primary schools in Agua Prieta, as well as the CAME shelter.  In addition, he is honing his skills as a carpenter, and teaching others to do the same.

Of all those I’ve encountered this year, I see Juan as a fantastic example of someone who has accepted the support of the MRC, and turned it into something good in his own life.

But we are here to remember that many more people in Mexico, Honduras, Guatemala, El Salvador, etc, never get such a chance at all.  And no one should ever be forced into such trying circumstances in the first place.